¿Por qué quieres maternar a tu pareja? Lo que esa dinámica dice de ti

Se ha vuelto casi un chiste: “tengo dos hijos, el de cinco años y mi esposo”. Se dice con cansancio, con algo de humor, con una resignación que da a entender que así son las cosas, que el hombre es otro niño más del que hay que hacerse cargo. Y la gente reí, asiente, se identifica.

Pero hay una pregunta que casi nadie se hace en ese momento: ¿por qué quieres maternar a un hombre adulto? No es una pregunta para él. Es una pregunta para ti.

¿Qué significa maternar a la pareja?

Maternar a la pareja es asumir frente a un adulto el rol de cuidadora, correctora y gestora de su funcionamiento. Recordarle lo que tiene que hacer, organizarle la vida, tomar decisiones que le corresponden a él, hacerle las cosas porque “lé sale mejor”, corregirle cómo hace las cosas cuando las hace, y en general tratarlo como si no tuviera la capacidad de manejarse solo.

No siempre empieza con esa intención. Muchas veces empieza con un “es que él no sabe hacer esto” o un “es más fácil hacerlo yo”. Y desde ahí se instala una dinámica que se va volviendo invisible con el tiempo, hasta que parece que simplemente así son las cosas.

La pregunta que no va dirigida al otro

Cuando en consulta trabajamos esta dinámica, hay algo importante que señalar desde el principio: la pregunta no es qué le pasa a él. La pregunta es qué te pasa a ti.

¿Por qué necesitas maternar a un adulto? ¿Qué te da ese rol que el resto de tu vida no te da? ¿Tu maternidad no te basta con el hijo o hija que tienes? ¿Necesitas más? Esas son preguntas incómodas, lo sé. Pero son las preguntas que abren algo real.

Porque la persona que materna a su pareja casi siempre tiene una respuesta preparada del tipo “es que él no puede” o “es que si no lo hago yo no se hace”. Pero esas respuestas hablan del otro, no de uno misma. Y el trabajo terapéutico que vale la pena hacer está en el lado propio, no en el ajeno.

La trampa: lo invalido y luego me quejo de que no ayuda

Hay algo particularmente contradictorio —y revelador— en esta dinámica. La misma persona que invalida cada intento del otro de hacer algo —porque lo hace mal, porque no es suficiente, porque ella lo haría mejor— es la misma que después se queja de que el otro nunca ayuda, de que carga con todo sola, de que él no hace nada.

Pero, ¿cómo va a hacer algo el otro si cada vez que lo intenta recibe una corrección, una mirada de desaprobación o directamente alguien que le rehace la tarea? Le quitas las funciones, lo inutilizas poco a poco, y luego te quejas de que no funciona. Eso no es un problema de él: es un círculo que tú estás sosteniendo.

Un ejemplo concreto que tengo grabado: la hija que el padre peinó con una cola arriba y otra abajo, claramente asimétricas. La reacción que no había que tener era decirle “eso está mal, déjame a mí”. La respuesta que sí importaba era decirle a la niña “te ves preciosa”, y al padre “excelente trabajo”. La primera vez el peinado sale torcido. La segunda. Pero la cuarta o quinta, ya sale mejor. Y sobre todo: él aprende que su participación es bienvenida, no corregida.

¿Qué hay detrás del control y la maternización?

Casi siempre, el ego. La creencia —muchas veces inconsciente— de que solo yo hago bien las cosas. Que la forma en que yo lo hago es la correcta y cualquier otra es inferior. Y desde ahí, la dificultad para soltar el control, para dejar que el otro lo haga a su manera aunque esa manera no sea la tuya.

Pero el control tiene otro componente que a veces es más difícil de ver: la dependencia. La persona que lo controla todo necesita controlarlo todo. Necesita ser la que gestiona, la que organiza, la que sabe. Porque sin ese rol, ¿quién es? Es un papel que puede haberse instalado desde la infancia —la hija mayor que se hacía cargo de todo, la que resolvía— y que después se reproduce en la pareja sin que nadie lo haya elegido conscientemente.

Lo que cuesta soltar esa paternidad que no te corresponde

Hay algo que requiere muchísimo trabajo terapéutico y que pocas personas logran sin acompañamiento: dejar de hacerse cargo de la paternidad o la vida del otro. No porque uno no se preocupe, sino porque entendiste que ese cargo no te pertenece.

Soltar implica tolerar que el otro lo haga de una manera que no es la tuya. Que los platos queden mal lavados la primera vez. Que el peinado salga torcido. Que las decisiones que el otro toma sobre su vida no pasen por tu validación. Eso, para quien lleva años siendo la que todo lo gestiona, puede sentirse como una pérdida de control que produce una ansiedad real.

Pero hay algo del otro lado que también es real: la liberación. El momento en que una persona puede decir “desde hoy yo me hago cargo de lo que me corresponde a mí, y lo que corresponde al otro se lo dejo”, algo cambia. No solo en la dinámica de la pareja: cambia en cómo se siente una misma.

Preguntas frecuentes sobre maternar a la pareja

¿Cómo sé si estoy maternando a mi pareja o simplemente siendo una persona organizada?
La diferencia está en la reacción cuando el otro hace algo a su manera. Si puedes dejar que lo haga sin corregirlo ni rehacerlo, si su participación es bienvenida aunque no sea perfecta, probablemente hay colaboración. Si cada intento del otro termina con una corrección o directamente tú rehacéndolo, hay algo más que organizar: hay control.

¿Por qué muchas mujeres terminan asumiendo este rol?
Por razones que son distintas en cada caso, pero que frecuentemente tienen que ver con mandatos aprendidos desde la infancia sobre qué significa ser una buena mujer, madre o pareja, con la necesidad de control como mecanismo para sentirse segura, o con la historia propia de haber sido quien resolvía desde pequeña. Eso no es un destino: es algo que se puede trabajar.

¿Puede la terapia de pareja resolver esta dinámica?
Puede ayudar a que ambos la vean y trabajen juntos. Pero muchas veces lo que más importa es el trabajo individual de quien asume el rol de maternar, porque la pregunta fundamental —¿por qué necesito esto?— solo puede responderse en el espacio individual, no en el de pareja.

¿Qué pasa con la pareja que ha sido maternada durante años cuando uno decide soltar ese control?
Al principio puede haber confusión o incluso resistencia, porque la dinámica era cómoda para los dos —a su manera. Pero cuando el cambio es genuino y sostenido, la mayoría de las veces el otro también se ajusta. Las dinámicas de pareja son sistemas: cuando una parte cambia, el sistema entero se reconfigura.

Si reconoces este patrón en tu relación y quieres entender qué hay detrás, puedes agendar una cita aquí. Podemos trabajarlo desde la terapia individual o desde la terapia de pareja, según lo que tenga más sentido para tu caso.

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