Mi hijo no me cuenta lo que le pasa: cómo ayuda la terapia infantil

Es una de las frases que más escucho de madres y padres: “sé que algo le pasa, pero no me cuenta nada”. Y tiene sentido: los niños y los adolescentes no siempre tienen las palabras —ni la confianza, ni el deseo— para poner en lenguaje adulto lo que están sintiendo. Por eso la terapia infanto-adolescente no se apoya solo en la palabra: se apoya en el juego, el dibujo, el arte, todo aquello que les es propio.

¿Por qué un niño no “habla” de lo que le pasa?

Muchas veces no es que no quiera contarte: es que ni él mismo sabe nombrar lo que siente. Un niño puede expresar angustia a través de una pataleta, un adolescente puede expresar tristeza a través del aislamiento o la irritabilidad. El síntoma —sea conducta, sea cuerpo, sea silencio— habla cuando la palabra todavía no puede.

Señales que conviene observar

  • Cambios bruscos en el comportamiento que se sostienen en el tiempo: agresividad, retraimiento, baja autoestima.
  • Dificultades escolares que aparecen de la nada, o que se intensifican.
  • Quejas físicas recurrentes sin causa médica clara: dolores de estómago, de cabeza.
  • Conflictos familiares que parecen repetirse alrededor del mismo hijo o hija.
  • Cambios en el sueño, el apetito o el interés por actividades que antes disfrutaba.

Ninguna de estas señales, por sí sola, significa que algo grave está pasando. Pero si se sostienen en el tiempo, vale la pena prestarles atención.

¿Cómo trabaja la terapia infanto-adolescente?

A través de distintas técnicas —el juego, el dibujo, la palabra, el arte— se ofrece un espacio donde niños y adolescentes pueden expresar lo que a veces no saben cómo decir, pero que se manifiesta en su conducta, en sus relaciones o en su cuerpo. La terapia se convierte en un puente entre su mundo interno y el entorno que los rodea. El objetivo no es corregir: es acompañar, comprender y contener.

¿Y el rol de los padres en este proceso?

Cuando es necesario, el trabajo terapéutico incluye a los padres o cuidadores, porque su rol es clave en el proceso de contención. Esto no significa que vayan a estar presentes en cada sesión —el espacio del niño con su terapeuta es suyo—, sino que en ciertos momentos del proceso se trabaja también con la dinámica familiar que lo rodea.

Preguntas frecuentes sobre terapia infanto-adolescente

¿A partir de qué edad puede empezar un niño terapia psicológica?
No hay una edad mínima fija: el abordaje se adapta a la etapa de desarrollo, usando el juego y el dibujo en los más pequeños y más palabra a medida que crecen.

¿Voy a estar presente en las sesiones de mi hijo?
Generalmente no en todas: el espacio terapéutico del niño es suyo, aunque sí se incluye a los padres en momentos puntuales del proceso cuando es necesario.

¿Qué hago si mi hijo no quiere ir a terapia?
Es común al inicio. Parte del trabajo es generar un vínculo de confianza donde el espacio se sienta seguro, no impuesto.

Si notas que algo se sostiene en el tiempo y no sabes cómo abordarlo, no necesitas tener todas las respuestas antes de buscar ayuda. Puedes agendar una cita aquí. Conoce también más sobre cómo trabajo la terapia infanto-adolescente.

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